Atraído por un imán


Tenemos una pequeña (o gran) pieza de metal, y cuando la aproximamos a otra, se atraen. Una fuerza misteriosa, invisible, las une. Y si le damos la vuelta a una de ellas, y la volvemos a acercar, lo que harán será separarse. Repelerse. Pero, ¿por qué? Pues porque esas piezas son imanes. Tienen la propiedad de atraer o repeler materiales férricos. Pueden ser permanentes, como los que tenemos, por ejemplo, en la nevera, para sujetar papeles. O electroimanes, accionados mediante una fuerza eléctrica. Pero todos ellos guardan una característica en común: su cuerpo está formado por dos polos, norte y sur, o positivo y negativo. Cuando unes dos imanes, haciéndolos ponerse en contacto por el mismo polo, se repelen. Pero si lo haces por polos opuestos, se atraen.

Hasta aquí, creo que es algo que mucha gente podría ya saber. Pero, ¿qué es realmente lo que hace que atraigan los imanes? En su composición, sabemos que existen átomos. Dichos átomos tienen unos electrones que están girando alrededor del núcleo en un sentido concreto. Incluso algo que se denomina “espin”, nos mostrará que también esos pequeños electrones giran sobre sí mismos. Estos dos movimientos generarán un momento magnético, una fuerza. Dicho momento se repetirá infinidad de veces por cada átomo del material, siendo orientados de forma irregular en la mayoría de los materiales, dando como resultado una “anulación” de dicha fuerza. Pero existen unos materiales, los ferromagnéticos, que tienen la propiedad de tener por zonas sus átomos con un momento magnético alineado. Y digo por zonas, porque es lo que se denomina “dominios magnéticos”. Debido a ciertas características físicas, esos dominios podrán coincidir, formando un todo alineado, y obteniendo así lo que sería la propiedad magnética que usualmente conocemos en los imanes.

Como aclaración, se podrá añadir que el magnetismo de un imán se puede elminar mediante calor, o un golpe, de tal forma que se volverían a “revolver” los dominios magnéticos.

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