Templado, revenido, normalizado y recocido


Hablamos de tratamientos térmicos sobre materiales metálicos. Lo que se consigue con ellos es alterar su resistencia o dureza, según unas características concretas que estaremos buscando.

En el caso del templado, lo que conseguiremos será mejorar la dureza y resistencia del material, que mayoritariamente será acero o fundición. Lo que se hace es calentarlo hasta una temperatura crítica, que variará en función del tipo de metal, y después se enfriará rápidamente, alterando la estructura interna del material. Para ello, se puede sumergir en agua, aceite o aire. Variando la temperatura de calentamiento, el tiempo de exposición, el tiempo de enfriado, el fluido con el que se hace éste y otros factores, lo que se consiguen son diferentes tipos de templado, afectando a distintos espesores del material.

El revenido es otro tratamiento térmico, pero casi siempre complementario del anterior. A los dos juntos se los llama tratamiento de bonificado. Lo que se hace en este caso es volver a calentar el material, pero esta vez a menor temperatura, y posteriormente se enfriará, pero más rápido si queremos conseguir una alta tenacidad, o más despacio para evitar deformaciones debidas al descenso térmico.

El normalizado se utiliza para darle una estructura natural a un acero que previamente se ha laminado, colado, forjado o cualquier otro proceso que lo haya podido alterar desde el punto de vista de tensiones internas. Suele ser un paso previo a procesos de mecanizado o templado, ya que se habrá dejado el material en unas condiciones estructurales idóneas para ello. Lo que se hace es subir 30 o 50 grados por encima de su temperatura crítica al material, y tenerlo así durante un tiempo concreto, para luego enfriarlo de forma lenta, al aire.

Con el recocido lo que lograremos será ablandar un material lo suficiente como para poder luego deformarlo o mecanizarlo más fácilmente. Para ello se calienta hasta una temperatura concreta, en función del material y su tamaño, y luego se deja enfriar lentamente, por ejemplo con el horno apagado, hasta que llegue a la temperatura ambiente. Se conseguirá eliminar las tensiones internas que se podrían haber generado, por ejemplo, si anteriormente se hubiera templado.

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